Lo que sigue a continuación es un argumento inconcluso que puede adaptarse tranquilamente a una película, una novela o una obra de teatro.
La historia transcurre en una reunión de Alcohólicos Anónimo, en la sede de Puerto Madryn.
El escenario de la reunión es un precario salón escondido detrás de una iglesia. Está equipado con una desvencijada cocina con hornallas, un baño sucio y húmedo, una alacena torcida, y una vieja y ruidosa heladera. En el medio del salón está desplegada una larga mesa de madera recostada sobre dos caballetes, rodeada por sillas blancas de plástico. Sobre la mesa están distribuidos tres o cuatro ceniceros (uno de los cuales rebalsa de caramelos), una lata que custodia la donación en plata de los participantes, y una equipo de mate.
El grupo que participa de la reunión está formado por 12 integrantes de distintas profesiones, edades y procedencias: un respetado abogado que se acaba de jubilar, un político candidato a intendente con una excelente imagen pública, un periodista que opera para el candidato opositor a su compañero , un boxeador en decadencia, un albañil de 60 años, serio y trabajador, un adolecente indisciplinado y futuro padre de mellizos, un policía de tránsito separado de la fuerza por atropellar borracho a un peatón, un dentista acusado de mala praxis , un maestro desocupado, un comerciante en banca rota, un escritor que desde hace 10 años escribe una novela interminable, y una peluquera divorciada a cargo de 7 hijos.
La reunión está dirigida por el albañil, fundador y miembro más antiguo de la organización. Después de realizar el protocolo previo a comenzar la reunión, concede la palabra a quien quiera emplearla. El primero en levantar la mano es el candidato a intendente en las próximas elecciones de la ciudad. Indignado, reniega que ese mismo día, a la mañana, leyó una nota en el diario local donde se comentaba, con muy mala intención, que desde hacía 5 de meses estaba participando de las reuniones de alcohólicos anónimos, noticia que debilita su excelente imagen pública y pone en peligro su candidatura. El político sabe, de muy buena fuente, que la información fue divulgada por uno de los miembros del grupo y pide que se utilicen las dos horas de reunión para encontrar al culpable de develar su anonimato. El grupo, después de un breve y acalorado debate, acepta la propuesta.
Sería interesante que el grupo no trabaje en equipo para descubrir al culpable, sino que cada uno de los personajes se defienda a sí mismo y, después de presentar argumentos sólidos sobre su inocencia, proponga una hipótesis que involucre a otro compañero. Esta metodología miserable y egoísta, se extiende hasta que queda un último personaje sin a quien acusar. Sin embargo, este personaje solitario defiende su inocencia con estoicismo y propone una última hipótesis: Supone que el candidato pudo hacer tenido una recaída, borracho le pudo haber contado a una persona ajena al grupo que estaba concurriendo a alcohólicos anónimos y al día siguiente, producto de la borrachera, ni se haya enterado que hizo la confesión. Después de negar varias veces la hipótesis, el candidato se quiebra. Confiesa que, días atrás, en el cumpleaños de un amigo, se emborracho luego de dos meses de sobriedad y reconoce que pudo haberle confesado a un traidor sobre su delicada situación. (Pensándolo bien, esta escena sería mucho mejor usarla como una vuelta de turca promediando el relato y buscar un final más convincente y cerrado).
Un titulo ideal seria Felices 24 horas, frase que usan como arenga los miembros de alcohólicos anónimos para dar por finalizada la reunión.

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